El lujo blanco

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Nuestra llegada a Vail fue a través del aeropuerto de Denver, dónde alquilamos un 4×4, ¡tomad nota!, porque es muy importante por la cantidad de nieve que podéis encontraros en el camino. El viaje dura entre 2 y 3 horas, dependiendo del tráfico y del estado de las carreteras.

Cuando llegamos al fascinante pueblito, todo era de admirar, sus casas, sus luces, el río pasando por el centro del pueblo y sus modernas esculturas. Parecía el pueblo de la “marmota”, daba la sensación que todos los días eran Navidad!


Optamos por alojarnos en “Golden Peak” unos apartamentos preciosos estaba a pie de pistas, pero hay muchos hoteles y casas de diferentes precios y tamaños.

A veinte kilómetros de Vail, se encuentra el exclusivo pueblo de Beaver Creek, donde habíamos reservado para cenar nuestra primera noche. Nos comentaron que el restaurante Beano Cabin ofrecía un menú de 5 platos y que era costoso, pero lo mágico del lugar era que te subían por la noche a cenar a mitad de las pistas en un hermoso”trineo”. Nosotros, nos vestimos con nuestras mejores galas y nos dirigimos al punto de encuentro donde nos habían citado. Mientras esperábamos que llegara el maravilloso trineo a por nosotros, una especie de nave espacial llena de luces y con un ruido horrible comenzó a apresurarse hacia nosotros. Al principio sentimos miedo, las luces nos cegaban y el ruido impedía que pudiéramos comunicarnos. ¡Voilà!, no era un trineo tirado por perros, lobos o caballos… Era una máquina pisa nieve del tamaño de tres camiones lo que venía a recogernos. Mucho glamour

La inmensa máquina tiraba de una plataforma con asientos, era ahí donde nos iban a subir… Comenzamos a llorar de risa o de desilusión, nos mirábamos sin entender nada, y sin poder para de reír. ¡Nunca hubiéramos imaginado que nos iban a transportar con aquella máquina! El sueño europeo destruido por la maravillosa ingeniería americana.

Era un ¡hecho!, nos íbamos a mojar, despeinar y la pintura de la cara terminaría siendo un Picasso… Pero ya estábamos allí, así que subimos, nos incorporamos, y nos dimos cuenta de que iba a ser el momento en el que más nos íbamos a reír de toda nuestra semana.

 

¡La experiencia fue única, sin duda, la comida estaba sabrosa, y las vistas de las estrellas y planetas desde la nave trineo, te hacían sumergirte en Star walk, a la conquista del restaurante perdido…! 

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