La gran nevada

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Nada más despertar, salí al balcón de mi preciosa habitación para dar buenos los buenos días a este pequeño pueblecito que tanto me ha inspirado, sin embargo, el resplandeciente blanco cegó mis ojos durante los primeros segundos, lo único que podía ver era el color blanco por todos lados. Las calles, las farolas, los coches… todo estaba cubierto bajo un precioso manto blanco que había ido formándose durante toda la noche.


Ilusionados, corrimos a alquilar los equis y subir por el telesilla que estaba justo en frente de nuestro apartamento, (El maravilloso golden peak). La nieve gruesa y espesa, los perfectos pinos, los kilómetros esquiables a lo ancho y largo y sus divertidos laberintos secretos que encuentras en mitad de las pistas hacían de Vail un lugar mágico y muy diferente a lo que estamos acostumbrados en Europa.

El cansancio de horas esquiando y el frío, nos obligaron a hacer un alto en el camino en una pequeña cabaña que estaba escondida entre los árboles. Mientras pedía un delicioso chocolate caliente, alguien tocó mi hombro y se abalanzó a darme un abrazo… que hacían allí, cuanto tiempo hacía que no los veía, ¿cómo me habían reconocido con toda aquella ropa? Al principio quería asegurarme de que los conocía, que no se trataba de una equivocación, pero si eran ellos, ¡nuestros queridísimos amigos mexicanos de la Universidad! ¡Que pasada! Hay casualidades que son incluso mejores que historias planeadas. Ellos, sin nosotros saberlo, tenían apartamento allí, y conocían muy bien la zona, así que, dejamos ese chocolate caliente y nos dirigimos hacia el famoso apres-ski del “pepis bar”, para mi gusto el más divertido de Vail y los moscow mules estaban riquísimos

Durante la tarde, nos dimos un merecido jacuzzi al exterior con temperaturas de – 8° bajo cero. Nunca habíamos pisado la nieve descalzos, fue una sensación muy fría pero súper agradable y divertida. Las vistan eran preciosas, los copos de nieve caían sobre nosotros y de nuestros cuerpos salía humo. Allí disfrutamos del atardecer junto a las románticas montañas que iban poco a poco escondiendo los últimos rayitos de sol.

Por la noche, dimos un paseo maravilloso por el iluminado pueblo mientras nevaba. Los árboles y tejados de madera llenos de luces eran mágicos, parecía navidad, o mejor dicho, es el pueblo del día de la marmota, siempre es navidad. El ambiente y la alegría nos inspiró a mi hermana y a mí, y cual dos adolescentes comenzamos a cantar we wish you a merry christmas con mis hijos pequeños. Sin que nuestra intención fuera llamar la atención, inmediatamente un grupo de mexicanos se unió a nuestros cantos, después unos alemanes y una familia con niños que pasaba por allí…ese momento mágico de alegría, todos cantando y riendo junto a cercanos desconocidos, fue algo que aquel pueblito nos regaló y nunca olvidaremos.

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